Como nunca me poseyó, mis piernas que ya eran débiles se quebraron entre botón y botón, aquella sensación fue tan superior, sólo pude respirar profundo, no gritar, los gemidos acallados con manos sudadas, los ojos desorbitados, los cuerpos poseídos,
Una y otra y otra y otra ves, querías hablar mientras me pasabas tu saliva, las escaleras inconformes te sirvieron de soporte; la estufa, el cuadró sobre el sillón, saludaron mis nalgas. Cuando te veía disfrutar, no podía más que taparte la cara, decirte cobarde, estirarte el cabello, sentir un temblor, seguir.
Quisiste parar y yo, aunque por demás cansada, te quería adentro, para según, dejarte ir, sin tener un solo recuerdo de palabras, recordar tu respiración agitada, tus pies estirándose a punto de calambre.
Las lágrimas, recuerdo las lágrimas que te bebiste, las que en ves de saldas te sabían a acidez, esas que se mezclaron con sudor y baba, las que tuviste oportunidad de saborear, de verlas salir desesperadamente, de hacerlas bajar.
Entre sudor, sábanas y el cuarto desordenado, me despedí con un beso húmedo que me guardé y bebí para no perderlo jamás,