Mis vecinas salían de vez en vez y le echaban un ojo al cielo, entre salida y salida le decían a sus chiquillos se metieran porque la lluvia se acercaba peligrosamente, pero ellos como que ni las oían. De pronto y sin avisar un globo grandísimo se trago animales, personajes y cosas, hasta rugió y sacó chispas, una, otra y otra vez, parecía ser que ni todas las nubecillas juntas le quitarían el hambre, se expandía tras comerse algo a su paso, lo deformaba y digería de manera extraordinaria, la boca del estómago cubrió la ciudad de gris, todo se vislumbraba lúgubre.
Me llegué asustar un momento, pero me gustaba la sensación, esperé con ansias el suceso y para nada, un repentino viento se las llevó, sin decir agua va y no llovió.
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