El recorrido era incierto, empezaba en el lago, pasaba por el centro; cuando andaba por las calles principales, el chico del periódico, el restaurantero y los comensales, los curiosos y otros tantos seguían hasta donde alcanzaban con la mirada aquellas piernas imparables, quemadas por el sol, las curvas necesarias para que la parte alta del chamorro se endureciera por completo.
Un tanto bajo de estatura y unos brazos flacos pero torneados se confundían con el claro de la mañana reflejado en sus lentes obscuros y gruesos. Terminado de recorrer la zona céntrica, un largo sendero de cedros acompañaban la respiración apenas agitada del atleta, ocho o nueve kilómetros antes de llegar un rancho abandonado, aceleraba el paso, cuando se encontraba casi en la entrada su cabeza giraba abruptamente, agua bajaba por debajo de los lentes y sus pantorrillas se contraen y como si algo explotara, las piernas se mueven a un ritmo casi imperceptible.
Unas hectáreas adentro de la senda cerca de una pequeña caída de agua, la rapidez se detenía por unos instantes, el cuerpo por demás empapado se desprendía de la ropa, el cuerpo cómo poseído se arrojaba a aquella humedad, sólo por unos minutos de frescura, los ojos ocultos bajo la oscuridad se perciben amielados, tristes, rojos, cansados, el vigoroso cuerpo se hace débil y la cara se hunde por instantes para que las lágrimas no se vean más prominentes que el sudor.
